Colombia

Cartagena de Indias a través de su gente

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Hace tiempo que sabemos que los países los hacen las personas. Puedes tener el país más bonito del mundo; pero, si la gente es antipática o sosa, tu país será menos interesante. Y precisamente por eso es tan bonita Cartagena de Indias. No es por sus casas de colores, que también. No es por su historia, que también. No por la obra de Gabriel García Márquez, que también. Lo es sobre todo por su gente. Por eso te traemos un recorrido por la ciudad, vista a través de los ojos de quienes la viven cada día.

El factor humano de Cartagena de Indias

Te invitamos a que nos acompañes en esta guía un poco peculiar en la que descubriremos lugares de una ciudad fantástica. Claro que sí. Pero al mismo tiempo pondremos cara e incluso nombre a todos esos rincones que hay que conocer.

La llegada al aeropuerto

Nada más bajar del avión estás siempre un poco perdido. Miras a un lado, a otro… Quizá te pasa igual que a nosotros (que no nos gusta cambiar divisas en casa, sino que preferimos tirar de cajeros en destino) y dedicas un rato a buscar dónde sacar dinero. Terminado este paso, asaltamos a un hombre de seguridad para que nos cuente cuál es la mejor manera de llegar al centro. Nos habla de unos buses y de la opción del taxi. Estamos cansados después de 30 horas de viaje, así que decidimos buscar un taxi.

El taxista ilegal

Lo primero que nos había recomendado todo el mundo era evitar a toda costa los taxis ilegales. A veces problemáticos, otras enfrentados a los legales y también hasta peligrosos en muchos sentidos. Nos acercamos a la cola de los taxis, todos amarillos como en muchas ciudades, y se nos acerca uno. ¿Taxi? Depende del precio. Negociamos. Se nos va de precio. No baja. Pasamos.

Una décima de segundo después llega otro. Misma dinámica. El precio un poco más bajo. Nos parece bien. Así que nos vamos con él. Nuestra sorpresa llega cuando, en vez de abrirnos una puerta, nos pide que le acompañemos un par de cuadras más lejos… En ese momento nos damos cuenta de lo que ocurre, pero nos parece tarde para echarnos atrás.

Una vez en el coche el hombre fue realmente educado. De esos que hablan lo justo, esperan feedback y tampoco insisten demasiado. Ser taxista ilegal no implica ser maleducado. Simplemente se adaptó a las circunstancias. No estábamos muy habladores. Él se amoldó a nosotros. Fue en ese momento en el que empiezas a generalizar y piensas que los colombianos tienen fama de ser simpatiquísimos, pero que en realidad no lo son tanto. Por supuesto, nos equivocábamos. Y mucho. Este cartagenero simplemente se había limitado a sonreír y cumplir con lo pactado. Así era el taxista ilegal. Y así es Cartagena de Indias: cortés, educada y sonriente.

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Una calle cualquiera de Cartagena de Indias

La Plaza de los Coches

Un buen lugar para empezar a descubrir la ciudad amurallada es la Plaza de los Coches. Es una locura de personas que van de un lado para otro. Turistas, muchísimos. Vendedores, un ejército. Pero bajo el sol que aplasta durante todo el día la ciudad se puede encontrar sombra en un par de puntos. Y con la sombra también una conversación interesante.

La librera bajo la puerta de la ciudad

Ibeth es una chica de Cartagena de Indias que desde que era pequeña acompañaba a una señora a trabajar en la Librería de los Mártires que se encuentra actualmente en la Boca del Puente. Allí, en el pasadizo bajo la Torre del Reloj nos contó que cuando se murió aquella señora recogió el testigo de la librería. Tuvo que ponerse las pilas. Había leído en el colegio los libros de lectura obligada de Gabriel García Márquez, pero ahora tenía la responsabilidad de recomendar ella misma las lecturas. Y por ahí pasan grandes escritores y coleccionistas. No era algo sencillo.

La librería es de una familia que lleva el negocio desde 1953. Sin embago, es Ibeth la que está todo el día allí. El patrón va en la temporada alta a echar una mano, pero el resto del tiempo ella es quien navega entre libros de ocho de la mañana a cinco de la tarde. Es una mujer menuda, risueña y muy tímida. A pesar de eso, nos dedicó unos minutos. De amena charla, primero, y de entrevista cámara mediante, después. Se acordaba perfectamente de que habíamos estado el día anterior hojeando algunos de los libros. Recordaba incluso en qué libro nos habíamos fijado.

Habla en voz baja, como no queriendo molestar. Pero tiene muchas historias que contar.  Cuando le preguntas cómo sabe dónde están ubicados los libros, te dice con humildad que es de tanto limpiarlos. Así refresca su memoria. Nos cuenta ilusionada que Gabriel García Márquez se solía sentar al lado de la librería, en la sombra a leer. El Nóbel le decía a la dueña de la librería que cuando fuera grande (refiriéndose a grande como escritor) le ayudaría. Y cumplió su palabra. Esta librería siempre cuenta con primeras ediciones de los libros de Gabo y algunas joyas más que siguen teniendo el benepláctico de la familia del escrito.

Nos despedimos de Ibeth, pero antes le dice a Roberto lo bonitos que tiene los ojos. Tras la despedida nos desea muy buen viaje. Desprende amabilidad y tiene muchísimo que contar, aunque lo deja entrever sólo a cuentagotas. Así es Ibeth. Y así es Cartagena de Indias: amigable y con miles de historias en cada rincón.

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Ibeth en su puesto de trabajo: La librería de los Mártires

La dulcera de los soportales de la plaza

Justo enfrente está el famoso Portal de los Dulces. Allí, decenas de puestos de te ofrecen exactamente los mismos productos: dulces de arequipe (dulce de leche), cocadas y algunos pasteles más. Evelia lleva 35 años vendiendo su riquísima mercancía en ese privilegiado lugar de Cartagena de Indias. Y por si hay dudas, su puesto se llama Dulcería Evelia. Es feliz con lo que hace. Su abuela era pastelera. Su madre era pastelera. ¿Podría haberse dedicado a otra cosa? ¡Claro! De hecho, era profesora de primaria hasta que un día decidió que su vida sería mucho más dulce en el pasadizo de la Plaza de los Coches.

Recuerda perfectamente cuando sólo tenía un taburete y una porcelana al lado. Así empezó este peculiar mercado. Para evitar malos rollos, los precios están pactados entre todas las vendedoras. No son competencia, sino compañeras. Es más, cuenta con orgullo que otras dulceras acuden a comer sus cocadas porque les gustan más.

Su verdadero deseo es que sus hijos continuen con la tradición. Su objetivo es endulzar un poquito el paso de las miles de personas que pasean por allí cada día. Así es Evelia. Y así es Cartagena: tropical como el coco, dulce como el arequipe e indígena como sus casabes de plátano.

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Evelia en su puesto dentro del portal de los dulces.

Alrededores de la Catedral

Desde la Plaza de los Coches puedes ir hacia la Plaza de la Aduana, cruzar frente a la Iglesia de San Pedro Claver. Allí giras hacia la derecha y el campanario de la Catedral te marca la dirección a tomar. La Plaza de Bolívar, la Universidad, el Museo del Oro… Deja que sean tus pies quienes te guíen, en esta ciudad es imposible perderse…

Los vendedores de fruta

Santander y David son dos amigos de toda la vida. Se levantan a las tres de la mañana porque a las cuatro hay que estar en el mercado de Bazurto. Se trata de un mercado del que dicen que no es buen sitio para hacer turismo. Si vamos con ellos no hay problema, pero no es buena cosa que vayamos solos. Ellos van a comprar la fruta hasta allí para conseguir un buen precio y que el esfuerzo compense. Luego vienen muy cargados con piñas, sandías y mangos que es lo que vende todo el año.

Santander te corta la piña con un gran machete como si estuviera pelando delicadamente una patata. No hace ningún tipo de esfuerzo. Y no cesa de hacerlo en todo el día. Siempre se coloca en la misma esquina, nunca cambia de sitio. Ni de técnica: pelar, cortar y colocar en vasos de plástico. Cuando viene el cliente explica que hay que ponerle al mango lima, sal y pimienta para potenciar el sabor. Y no le falta razón. No lo habíamos provado nunca así y la fruta te espabila desde el primer mordisco.

Es de estas personas que aunque estén serias tienen la sonrisa de medio lado. Tiene cara de buena persona. Trabaja de lunes a sábado y seguro que algún domingo también cae. Es difícil hacerse millonario con su trabajo, pero no se queja. Allí permaneces en su esquina de Las Carreteas con El Tablón. Así es Santander. Y así es Cartagena: colorida como la fruta y siempre con una pizquita de sal.

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Santander y David en el puesto de frutas de Santander.

El limpiabotas

Manuel Arcadio es un auténtico señor. Un señor elegante, bien vestido, planchado de manera impecable y va todos los días a su oficina y lee el periódico. La única diferencia con otros muchos trabajadores es que su oficina es un banco en un parque del centro de Cartagena. Y, por tanto, siempre está sentado en el mismo banco. Nos invitó a descansar un rato junto a él, pero si si venía algún cliente… No hubo necesidad de terminar la frase. Con una sonrisa de los tres, aceptamos el acuerdo de mil amores.

El acento nos delata. Enseguida adivinó de dónde veníamos. Manuel Arcadio (cuyo nombre nos recuerda inevitablemente al José Arcadio Buendía de Gabriel García Márquez) nos habló de un español y nos contó toda la vida de ese hombre y su familia. No eran “Cien años de soledad”, pero no andaba lejos.

Arcadio era tan serio y elegante que daba igual su profesión. Si mañana trabajara como banquero o como fontanero su presencia seguiría dejando tanta o más huella que los zapatos que limpia cada día. Fue un genial compartir un ratito. Era un señor como la copa de un pino. Así es Manuel Arcadio. Y así es Cartagena: elegante y bien perfumada.

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Esta es su oficina dentro del parque Simón Bolivar

El santandereano

Alberto es de Santander. Un departamento no muy lejos de Cartagena. Pero no seáis tan… tan… como nosotros. Si naces en el Santader colombiano, no eres santanderino, sino santandereano. Y no presumirás de anchoas en salazón, sino de hormigas culonas, una delicatessen que no pensábamos que probaríamos nunca. Las vende en pequeños paquetitos que van dentro de una cesta. El margen de ganancia no es mucho, pero suficiente para ir tirando.

Se le puede ver por la calle Román y como pasamos varias noches precisamente en esa calle le habíamos visto a diario, aunque no habíamos terminado de animarnos a “asaltarle” para probar el manjar. Cuando lo hicimos, le explicamos que le habíamos visto y que nos moríamos de curiosidad. Nos contestó que él también se había fijado en nosotros. No pasamos desapercibidos con una cámara en la mano…

Nunca ha trabajado recogiendo hormigas, pero le encanta venderlas. Hace una pequeña gira por varias ciudades y, aunque nos dice que el turista no es especialmente amable en Cartagena de Indias, Alberto mantiene la sonrisa pegada a la cara.

Probamos las culonas. Están buenas. Es un sabor raro entre chicharrón y cacahuete. Sí. ¡Chicharrón y cacahuete! Muy raro. Eso sí, nos advierte entre risas que tengamos cuidado porque son afrodisíacas. Por lo visto, después de comerlas “se acuestan dos y amanecen tres”. Así es Alberto. Y así es Cartagena: simpática y divertida, incluso cuando no se lo ponen fácil.

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Alberto con su cártel de “Hormigas culonas”

Caminando hacia la casa de Gabo

Gabriel García Márquez estudió Derecho (o lo intentó) en la Universidad de Cartagena. Si la dejas a mano izquierda llegando desde la Catedral y giras en la siguiente a la derecha, deberás caminar hasta el final de la calle para llega a Donde Magola, parada imprescindible para probar las mejores arepas de la ciudad. Con el estómago lleno retrocede un par de calles para ir en dirección a la muralla.

Allí está la casa de Gabo. No es algo especial más allá de que ahí vivió el Nobel. Pero sube a las piedras que forman la muralla cartagenera y verás uno de los mejores atardeceres de la ciudad.

Por cierto, por supuesto estuvimos hablando con Magola…

La cocinera

Magola es una señora mayor que hace unos años tenía que ganarse la vida y no sabía muy bien de qué manera. Un día hablando con su hija desahogó su preocupación y decidieron que iba a tratar de freír arepas en la puerta de su casa. No se le daba mal. Quizá la gente querría comprarlas. Al principio no lo veía muy claro, pero como de vergüenza no se vive se puso manos a la obra. Sólo cocinaba arepas de huevo. Las clásicas. Hasta que empezó a crecer su popularidad.

Cada vez madrugaba más para poder tener mayor cantidad de comida. Aumentó la oferta de arepas diferentes, añadió carimañolas… Así estuvo diez años de su vida. Entonces fue cuando pudo ahorrar y abrir junto a su hija “Donde Magola“. Es un modesto restaurante donde sigue cocinando a diario. ¿Por qué iba a dejar de hacerlo? Le gusta, se le da bien y luchó mucho para poder ver crecer su negocio. Así es Magola. Y así es Cartagena: independiente, luchadora y con mucho sabor.

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Cocina del restaurante “Donde Magola”

Getsemaní, al otro lado de la muralla

Casi tan famoso como el centro de la ciudad es el barrio aledaño de Getsemaní. Durante años, fue un lugar oscuro y peligroso, pero ha cambiado una enormidad a la sombra del interés turístico que genera la zona amurallada. Arte en las calles, graffittis en las paredes, una gran oferta de alojamientos y un ambiente muy de barrio han hecho que su popularidad suba como la espuma.

La galerista

Zoe es una colombiana que de jovencita tuvo la oportunidad de una vida mejor. Se fue a estudiar y trabajar en Estados Unidos, donde acabó formando una familia. Sin embargo, la separación y un problema grave de salud la hicieron regresar a su tierra natal. Se instaló en casa de su madre, pero el barrio poco tenía que ver con el lugar peligroso y deprimido que había dejado tantos años atrás. El terrorífico rey del barrio había muerto (o lo habían muerto) y había posibilidad de crear. Mejor dicho, de CREAR en mayúsculas.

El turismo estaba invadiendo las calles, pero ¿por qué no apostar por artistas autóctonos? Y se inventó Arte Getsemaní. La casa donde vive es ahora una galería de arte. Numerosos pintores colombianos exponen ahí sus obras y Zoe incluso aprovecha la calle para sacar las obras a pie de acera. Unas banderolas aquí, unas luces alláy un poco de música tranquila obligan a todo el mundo a hacer una parada. Lógico. Es una calle tan de Instagram…

Además de español, habla inglés y francés. Y es una gran vendedora. Así ayuda a creadores locales. Sobre todo a Guillermo. Es su preferido. O eso dicen. Quizá es que simplemente es quien más ayuda necesita. Este hombre, analfabeto, conoció a los 45 años su pasión por pintar. El simplemente era guardia de seguridad de una casa en Cartagena de Indias y le regalaron unas pinturas y comenzó a pintar. Su arte es primitivo, pero impactante. Nadie le ha enseñado a pintar. Dice que las letras no le entran, pero sí los colores. Ahora hay obras suyas por todo el mundo y eso le sirve para esquivar con más facilidad sus numerosas noches durmiendo al raso.

La historia recuerda a la famosa frase de Forrest Gump que decía: “la vida es como una caja de bombones, nunca sabes lo que vas a encontrar”. Zoe ha encontrado una pasión, Guillermo una profesión, nosotros una gran historia de amistad, solidaridad y emprendimiento y Getsemaní una parte que le brindará muchas alegrías. Así es Zoe. Y así es Cartagena: superviviente y vendedora.

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Roberto junto a Guillermo y Zoe

El chaval del café

Uno de los puntos neurálgicos del barrio es la Plaza de la Trinidad. Allí pueden coincidir al mismo tiempo un grupo de vecinos saliendo de misa, un montón de niños jugando al fútbol, unos acróbatas en una cama elástica, tres puestos de comida rápida, un montón de vendedores de todo tipo, varios turistas buscando graffittis e incluso un vasco y una gaditana que quieren grabarlo todo.

También hay un chico negro de unos 16 años que vende café. Su padre es quien lo hace. Él se queda en su puestito que se mueve a base de pedales con una bicicleta que va soldada a la estructura. Allí muestra una cantidad sorprendente de termos con diferentes tipos de bebidas: café con leche sin azúcar, en otros con azúcar, café solo, leche sola, manzanilla… También vende cigarrillos sueltos. Y golosinas. Y lo que haga falta. Se le ve con ganas de hablar, de jugar, de pasear, de reír… Es lo normal. Es poco más que un crío. Pero no puede hacerlo. Tiene una responsabilidad y la cumple. Así es él. Y así es Cartagena: responsable, pero con una cierta tristeza en la mirada.

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El chico que vende café en la plaza de la Trinidad de Getsemaní (Cartagena de Indias)

Si no te impacta Cartagena de Indias, te impactarán sus gentes, su forma de relacionarse, de vivir y a veces de sobrevivir. Una ciudad en la que ha pasado de todo y por la que ha pasado todo tipo de personas. Una ciudad ciudad que es joya, rebelde, comerciante, escenario de novela, objetivo de piratas, cuna de independencias… y sobre todo postal de Colombia.

6 Comentarios
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Comentarios

  1. José Carlos DS
    25 julio 2018 at 10:38 pm

    Puede sonar a cliché, pero la gente de un país muchas veces es capaz de subirle muchos enteros al destino. En ocasiones te encuentras con un lugar que no era para tanto, pero que si el trato es agradable te vas más a gusto que un arbusto. Y otras si encima el sitio sorprende y la gente es amable y cordial, pues queda un viaje para el recuerdo.

    • Happy Travel
      27 julio 2018 at 8:41 pm

      Pues tienes toda la razón… La gente debería saber esto para potenciar el turismo de su país…;)

  2. Domi
    27 julio 2018 at 5:41 pm

    Es cierto que los habitantes de una ciudad o país suman o restan puntos al mismo. Entre los países que he visitado con la gente más simpática incluiría Cuba o Italia; entre los más antipáticos ganarían por goleada los austriacos. Saludos

    • Happy Travel
      27 julio 2018 at 8:40 pm

      ¡Totalmente cierto lo de los italianos! ¡Qué gente tan agradable!

  3. Jose Lop
    29 julio 2018 at 9:17 am

    Que historias más bonitas. y que gente tan luchadora. En lugares como Colombia en los que hablamos el mismo idioma es donde se suele conseguir más cierto acercamiento social con las personas del lugar. Espero poder volver pronto a América, guardo muy buenos recuerdos…

    Un abrazo

    • Happy Travel
      30 julio 2018 at 9:24 pm

      Y además es que los colombianos son super abiertos, y es muy fácil sentirse cerca de ellos… ¡Un abrazo!

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